Después de un mes currando en el hospital, uno se da cuenta lo cómoda que es (por ahora) la vida del residente. Dentro de poco tocará hacer guardias y entonces ya me veré puteado, pero por ahora todo bien. De hecho, de las cosas que más me están gustando es lo de poder subir y bajar en el tranvía. Son unos quince minutos que saco un libro y me pongo a leer, cosa que nunca he hecho en demasía.
De hecho, siempre que veía a gente en el metro/tranvía leyendo, me daba una sensación de “cool” en el mal sentido, ya me entendéis. Sin embargo, estoy aprendiendo a disfrutar de esos quince minutos a comienzos de la mañana, cuando todavía no estás lo suficientemente despierto como para estar dicharachero, pero sí lo suficientemente lúcido como para centrarte en el libro. Lo mismo me ocurre a última hora de la mañana, prefiero ya estar concentrado en lo mío.
Como nunca he sido un gran lector, nunca he podido recomendar libros. No obstante, me atrevo con el último que he leído, La Bodega, de Noah Gordon.
Ahora he cogido uno que tenía aparcado desde hace un par de años, es un libro acerca del ADN, supongo que a caballo entre la divulgación científica y la historia relacionada de los últimos 60 años. Salió con motivo del 50 aniversario del “descubrimiento” de la doble hélice. Ya os contaré.